Mi favorita

Definitivamente no es ninguna insipidez. Tiene tanto sabor y es tan deliciosa que muero con probarla una vez más. Lejos, ella es mi favorita. Preciosa. Celoso, me la guardo sólo para mis ojos aunque la nombre sutilmente por lo bajo.

Es mi escritora mimada. Sólo nos cruzamos por palabras escritas y siento que así será siempre. Me quedo con esta hermosa primera y eterna impresión, aunque más de una vez hubiese querido ver sus ojos o escuchar su voz.

Lo platónico, lo intangible, lo incorpóreo, lo inalcanzable. Enamorándome de una no-manera, fuera del estereotipo. Enamorarse quebrando las reglas. Enamorarse en un limbo imaginativo.

Es, en realidad, la manera de enamorarse que tenemos los escritores: de las letras.

El soldado vuelve a la guerra

En su primer noche de campaña, cerca de la frontera donde se escuchaban las explosiones y los zumbidos de las balas, el soldado escribió:

Hoy, después de mucho tiempo, la tristeza volvió. Y como cada vez que viene a visitarme, se va a quedar unos días conmigo hasta que algo me haga sonreír y olvidar. Me siento derrotado sin siquiera haber empezado la guerra. Tengo mucho miedo, más que antes.

Testigo de un milagro

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Actualmente no puedo creer cosas sin antes verlas (la ambivalencia estuvo hasta hace poco). Mi corazón no puede sentir si mis ojos no vieron, como dice la frase. El jueves pasado me fui de casa, a las 7AM, Vietnam (Viedma). Llegamos con mi viejo y mi hermana a Ezeiza esa misma tarde. Mi madre no nos acompañó porque, lamentablemente (y me da impotencia) se peleó con mis abuelos por una boludez enorme. Ella no es capaz de perdonar, guarda un orgullo absurdo que no tiene sentido. Mis abuelos, naturalmente para su edad, olvidaron la pelea y también la invitaron a que venga. Pero no, el capricho sigue, sin sentido. El tiempo pasa y algunas personas de aferran a “pérdidas de tiempo”, no dejando que determinada herida cierre.

La razón por la que fuimos a Ezeiza fue para las bodas de oro (50 años de matrimonio) de mis abuelos. Llegados a Buenos Aires, el sofocante calor nos recibió con una cachetada sin piedad. Estaba pesadísimo, insoportable. Si no fuera por los aire-acondicionado la gente se volvería loca, afiebrada y sudada. Con mi primo debatíamos que ponernos y terminamos llegando a la decisión de que iríamos de traje. Él me prestaría uno. El sábado empezaba el acontecimiento, mientras tanto pasábamos el tiempo entre familia. Nosotros nos hospedaríamos en la casa de uno de mis tíos, ya que en lo de mis abuelos ya no había lugar y vendrían más familiares.

Mis abuelos estaban re tranquilos, a la sombra de su sauce en el patio, sin pizcas visibles de nerviosismo o ansiedad. Me habían comentado que no tuvieron que pagar nada, que el costo de la fiesta era un regalo de parte de un amigo de ellos.

Llegado el día, iniciamos el ritual del traje. Es muy incómodo llevar traje. Al mirarme al espejo mi mente viajo muchos años atrás, a mi primer día en la secundaria, dónde vestíamos todos trajes que picaban y apretaban. Mi hermana y mi padre se sorprendieron de lo excesivamente formal que vestía (yo vistiendo ropas casuales siempre, sin excepción). Mi madre ordenó fotos a la distancia.

Llegada la noche, salimos rápidamente hacia lo de mis abuelos. Allí nos enteraríamos de los últimos detalles y también teníamos que llevar a algunos familiares más que se encontraban ahí. En ese momento me enteré de que no era sólo una fiesta, sino que renovaban sus votos, o sea, se casaban nuevamente. Ese detalle no lo tuve en mente hasta ese momento. Ayudé a uno de mis tíos a ponerle moños a su auto y saludé al paso a parientes que no conocía. Dentro de la casa habían más personas que no vi, sino que escuché.

Nos subimos a la Jeep y con nosotros vino una de las sobrinas de mi abuelo. Una señora amable y agradable que me preguntaba sobre mis estudios, en dónde vivía, qué hacía, etc. Me contó también sobre sus hijas, que serían primas lejanas mías, también estudiantes. No las vi a ellas sino hasta que bajamos a la iglesia. Tres, muy bonitas, de 21, 24 y 27 años respectivamente.

Entramos a la iglesia. Me sentí sapo de otro pozo. Ahí estaban mis abuelos, frente al altar. En ese momento me di cuenta de alguna manera de que el milagro se hacía presente. Si, el amor es un milagro y lo vi en los ojos de mis abuelos. Se me anudó la garganta y no era por la corbata, aún así la aflojé un poco. Cuando el sacerdote los hubo declarado marido y mujer (una vez más) todos aplaudimos. No se compraron nuevos anillos sino que usaron los suyos de siempre. Los nietos nos acercamos a saludar y tuve mi oportunidad de darle las gracias y decirles expresamente que los quería mucho.

A la salida de institución hubo fotos con todos. Aproveché a saludar a gente que no veía hace mucho tiempo y me saludaron gente que no recordaba. “Yo te conocí cuando eras así de chiquito”; “¿Vos sos el hijo de Gustavo? No lo puedo creer, mirá que grande estás.” Me encontré a mi bisabuela también, quien no tardó en reconocerme. Le dije lo bonita que estaba y que la esperaba en la fiesta. Así salimos, luego de un rato hacia un salón en dónde estaba la cena y luego la fiesta.

El lugar era sencillo y lindo, bien decorado, con luces y espejos. Comimos de todo un poco, seguí saludando a gente y más tarde arrancó la música. Todos bailando, abuelitos, pendejitos, adolescentes, flacos, gordos, pelados, las primas lejanas, etc. Me negaba a bailar, pero aún así me obligaron. Fui un desastre, pasé vergüenza. Mis tíos bromeaban haciendo de cuenta que me ponían aceite aflojador en las rodillas. Para la foto con mi abuela, en el vals, pude posar un poco y brindé con mi abuelo.

Con mi primo tomamos tanta cerveza como para ahogar penas, pero aún así no estaba ni mareado. ¿Será que mi hígado se endureció con el tiempo? Al final de la noche todos estábamos cansados, había sido un largo día. Mi abuela fue la primera en partir y nosotros, en la Jeep, llevamos al abuelo. Hubo un cambio de planes a último momento: Las primas de mi abuelo y sus hijas, es decir las primas lejanas, se quedaban a dormir en lo de mi tío, dónde nosotros parábamos. Dado esto, mi viejo, mi hermana y yo tendríamos que ir a lo de mis abuelos. Pasamos por lo de mi tío a agarrar algunas ropas livianas para el domingo, dónde el abuelo haría un regio asado. (Si, no importa la comilona de la noche anterior. El asado de los domingos es una santa tradición inquebrantable de la familia)

En la habitación donde dormía yo estaba una de mis primas lejanas (que de por sí no tengo ningún parentesco directo, ya que no soy familiar directo de sangre de mis abuelos, sino que son del corazón. Mi padre en realidad es mi padrastro). Golpeé la puerta, que estaba abierta, pedí permiso. Ella estaba en pijamas, acomodándose el pelo. Me recibió con una sonrisa y me dijo que pasara, que prendiera la luz si era necesario. Morocha, ojos oscuros y un cuerpo increíble. Devolviendo la sonrisa y haciéndome el distraído busqué un poco entre mis mochilas. En realidad no sabía lo que estaba buscando y por mis adentros me enojaba conmigo mismo: ¿Por qué no la sacaste a bailar? ¡Ella te estaba mirando! Idiota.

Sin encontrar lo que ahora me acordaba que quería encontrar, me fui de la habitación y entré en la otra, en dónde dormía mi viejo y dónde estaba mi valija grande. Entré sin golpear ni nada. Cuando estuve frente a la valija me di cuenta que mis otras dos primas estaban en la cama matrimonial, riendo por lo bajo. Pelos ondulados ambas, castaño claro, eran muy parecidas, parecían mellizas. Pedí perdón pero ellas me hicieron saber que no hacía falta. Ya encontrado mis ropas de verano salí de la habitación. ¿Qué me faltaba? El cepillo de dientes. Golpeé otra vez la puerta del principio. La morocha, aún sentada en la cama, otra vez sonreía. Mierda, mierda, mierda.

Busqué otra vez entre las mochilas, agarré el cepillo, cerré las mochilas. Tomé las ojotas que estaban por ahí y me despedí de ella diciéndole hasta mañana, todas ellas también irían al asado.

El pequeño ventilador de la habitación que me tocaba en lo de mi abuelo estaba al mango y no sofocaba todo el calor. Aún así terminé durmiéndome. Al día siguiente, con casi 35°, mi abuelo hizo el asado. Tíos, tías, primos, primas estaban ahí. La comida se hizo esperar un poco, pero valió la pena, fue una exquisitez. Durante la sobremesa arrimé un poco y pude charlar con aquellas primas y tías. Me contaron sobre lo que hacían y no tardaron en aparecer las pavadas para reírnos un poco. Cuando todo hubo acabado y tenían que irse a su lugar de origen, me invitaron a que vaya algún día a esos lugares. Me dieron un número de teléfono y una dirección anotado en un papel. Mis primas me prometieron vida juvenil (jodas, salidas) y mis tías alojamiento y comida gratis. (La morochita insistía con una de sus sonrisas)

Para cuando llegó la tarde aparecieron los mates. Me quedé charlando con mi abuela y mi abuelo sobre temas comunes. Ya se habían casado y estaban tan tranquilos como en un principio. En ese momento, a la hora de la siesta, los miré a ambos y vi como algunas cosas salían de lo imposible. Este fue un caso excepcional, me dije, y es que hoy en día el amor parece algo tan ínfimo, insípido, algo de los cuentos de hadas.

Mis abuelos me dieron algo en que creer. En que quizá sea imposible pero que en un mínimo de posibilidades, en uno en un millón, quizá se haga realidad. Posibilidades hay, aunque parezcan tan pequeñas y lejanas, insignificante y, por momentos, tan carentes de cierta fe como en estos últimos días.

Vi el milagro del amor muy de cerca y me emocioné casi a las lágrimas. Pero creeré en él enteramente cuando lo viva en carne propia, en sentimiento completo. Aún me parece algo muy etéreo, algo que pude contemplar pero no protagonizar.

Son como los amaneceres y ocasos de mis fotografías: Están ahí, se ven, se sienten… pero no puedo estar en ellos, me son inalcanzables aunque intente acercarme. Es la eterna búsqueda de la olla con oro al final de un arcoíris.

*   *   *

Juani se sienta en la cama con pesadez. Se desata la corbata, se saca los zapatos. Desabrocha su camisa y la arroja a los pies de la cama. Afloja el cinto, se saca los pantalones. Se pone una malla. Se saca su colgante. Se sienta otra vez. Suspira. Mira alrededor. Mete la mano debajo de la cama. En su mano está su MP3. Se acuesta. Se pone los auriculares. Enciende el aparato. Busca una canción. Cierra los ojos. Un par de lágrimas se arrastran hacia la almohada. Una pequeña sonrisa se asoma. La realidad se desvanece, lentamente, poquito a poco, al ritmo de “This Love” de The Magic Numbers.

 

Imagen: “With This Ring” by Pir12345